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miércoles, 12 de agosto de 2015

Relatos olvidados de la U. Nacional


Relatos olvidados de la U. NacionalEn 1952, el joven Ernesto Guevara visitó la Nacional. Hoy la plaza central recibe el nombre de “Plaza Che”. / Foto: Manuel Fernando Vergara
Aquella tarde de 1943, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, los versos de Neruda se hicieron poesía en contra del radical conservador Laureano Gómez, perseguidor de los liberales y la izquierda en el campo, quien, con sus tropas chulavitas, convirtió a su gobierno en auspiciador del régimen de La Violencia en Colombia y cuya herencia no se ha agotado con la marcha de los años.
“Es tarde para ti, triste Laureano. Quedarás como cola de tirano en el museo de lo que existe. En tu pequeño parque de veneno. Con tu postila que dispara cieno”, profería Neruda, en medio de los aplausos incesantes de estudiantes y profesores, cuando ya se escuchaba el Nuevo canto de amor a Stalingrado.
Neruda regresó en 1968 a celebrar la inauguración de la concha acústica. La lejanía de ésta construcción dentro del campus no impidió que aquel lugar se llenara por un instante de júbilo con aquel viejo comunista, que en los atardeceres de sus viajes a Colombia supo abrazar a la Universidad con su canto de denuncia, llevándose la magia de aquellas aulas, que respiraban también poesía.
En 1952, otro viajero, éste en bicicleta, llegó a la Ciudad Universitaria. Era un joven médico que había decidido explorar las tierras latinoamericanas con su amigo Alberto Granados. Ernesto Guevara –que más tarde sería conocido como El Che, nombre que hoy lleva la plaza central del campus– fue recibido por Eduardo Santa en las residencias universitarias, hoy convertidas en los edificios Manuel Ancízar, Camilo Torres, Diseño Gráfico y Uriel Gutiérrez, éste último, en homenaje al primer estudiante asesinado por la policía en la universidad, el 14 de junio de 1954, tras la masacre de estudiantes en ese mismo año.
La travesía del Che no duraría mucho en Colombia. Al darse cuenta de los abusos de la policía, apresuró su recorrido hacia Venezuela, después de asistir a un partido de fútbol entre el Real Madrid y Millonarios, y de entrevistarse con Alfredo D’Stéfano al calor de un mate.
De esa magia del fútbol quedan los recuerdos en el estadio Alfonso López Pumarejo, que fue sede de Santa Fe (1948 - 1951) y de Millonarios, entre 1950 y 1951, y de los primeros Juegos Bolivarianos, en 1938, como recuerdo de aquellos países libertados por Simón Bolívar. Recientemente, el López Pumarejo fue sede de La Equidad y de Bogotá Fútbol Club. Sin embargo, sus graderías hoy ya no respiran la misma vitalidad de aquella época de elogios. Como escribía Eduardo galeano, “Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad”.
A pesar de la soledad que persiste en aquel lugar, hoy el Alfonso López Pumarejo está dentro de las 17 edificaciones de la Ciudad Universitaria que han sido declaradas como patrimonio y monumento nacional. “Además de este destacado patrimonio arquitectónico y urbanístico, el campus de la sede Bogotá contiene cerca de 120 esculturas y monumentos, así como cerca de 130 pinturas, dibujos y grabados dispersos en la Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional”, informa el Sistema de Patrimonio y Museos de la UN.
Para la construcción en 1936 de este lugar durante el gobierno liberal de Alfonso López Pumarejo –quien gestionó los terrenos de la Hacienda El Salitre, propiedad de don José Joaquín Vargas–, se proyectó el diseño a cargo de los arquitectos Leopoldo Rother y Erich Lange, y la colaboración del pedagogo Fritz Karsen. Ellos decidieron que el plano del campus estaría construido a partir de la forma de un búho, símbolo de la sabiduría.
A pesar de consolidarse el proyecto, la obra quedó inconclusa hasta nuestros días. Como lo relata Ciro Quiroz, en su libro titulado La Universidad Nacional en sus pasillos, “inconclusa la obra de la Ciudad Universitaria, era en 1947 el más importante parque de Bogotá, al que afluían gentes de toda clase. En verdad, el mejor vínculo cultural del pueblo, del que quedaron en proyecto sus lagos, su teatro experimental… y los auditorios especiales en donde cada embajada acreditada en el país mensualmente daría una conferencia”. Tampoco se haría realidad el inacabado diamante de béisbol.
Abierto el campus, diferentes saberes coincidieron en la agitación de generaciones que intentaron forjar otro país, un activismo estudiantil comprometido con sus sueños, la academia y la transformación social. “A través de los ventanales la gente vigila sus parcelas en el jardín de Freud. Allí, entre las facultades de Ciencias Humanas, Sociología y Derecho acostados sobre el pasto le crean emboscadas al amor, al hambre y la muerte, construyen poemas y canciones, aplauden y se gozan a los compañeros que se han vuelto locos y deambulan de salón en salón, de cafetería en cafetería, mostrando lo que es capaz de hacer la academia”, escribe Carlos Medina Gallego en el libro Al calor del tropel.
Por eso, a veces basta cerrar los ojos y caminar por los senderos de la universidad para contemplar los colores y las vidas que empaparon el alma del campus. Si un día usted decide ser un caminante de la Ciudad Universitaria, tómese el tiempo de descubrir las infinitas historias que este guarda, quizá descubra a un travieso Jaime Garzón entrando un burrito a las aulas de la Facultad de Derecho, para jugarle una broma a uno de sus profesores.

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