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viernes, 25 de marzo de 2016

8 sucesos que demuestran que el arte y la historia son una farsa


Tengo algo que confesar: padezco el Síndrome de Diógenes, que «Se caracteriza por el total abandono personal y social, así como por el aislamiento voluntario en el propio hogar y la acumulación en él de grandes cantidades de basura y desperdicios domésticos».
Bueno, tengo el Síndrome de Diógenes, aunque a mi manera. No voy por las calles recogiendo basura, ni tengo la casa a rebosar de mierda. Nada de eso. Mi versión de la enfermedad consiste en recoger y acumular cosas serias y artísticas, pero que son de una calidad infumable. Malas a rabiar. Películas, libros, canciones… Toda una serie de cosas supuestamente serias y supuestamente elaboradas, tan malas y tan escandalosas en su forma, que me cuesta mucho creer que van en serio. Siempre tengo la esperanza de que sean una broma, pero no. Y claro, no puedo no reírme.

A veces, entre este revuelo en las alcantarillas de la cultura, me topo con cosas extraordinarias. Me refiero a ejercicios llenos de ironía y burla; concebidos a partir de la idea de elaborar un producto supuestamente artístico, sólo para mofarse; para replantearnos los terminos de aquello que abunda en el mundo cultural y los derrapes de la crítica y el público borreguil. No son arte, ni lo intentan; buscan sacudir nuestra mente.
Según Foster Wallace: «lo bueno de la ironía es que disecciona las cosas, se pone sobre ellas de manera que podemos ver los fallos e hipocresías y dobles juegos. Sarcasmo, parodia, absurdismo e ironía son magníficas maneras de arrancar la máscara a las cosas y de mostrar así la poco agradable realidad que esconden. El problema es que una vez las reglas han sido expuestas, una vez las desagradables realidades que diagnostica la ironía, entonces qué hacemos».
Veamos algunos de los mejores ejemplos del uso de la ironía que ha troleado al mundo.


“Operación Luna”
Es un falso documental del prestigioso canal ARTE. En él se especula que las imágenes de la llegada del hombre a la Luna por parte del Apolo 11 fueron, en realidad, un engaño, sugiriendo que habrían sido rodadas en un estudio por Stanley Kubrick, a raíz de su experiencia en  “2001, Una odisea en el espacio”. Para dar credibilidad se incluyen entrevistas a Donald Rumsfeld y Henry Kissinger -secretarios de Defensa y Estado-, el entonces director de la CIA Richard Helms, el astronauta Buzz Aldrin, e incluso la viuda del director, Christiane Kubrick. Al final del documental se aclara que todo es una broma y se muestra a los participantes riéndose a base de bien.
Lo increíble es que hubo gente que se lo creyó a pesar de las evidentes tomas falsas y de que su emisión fue el 1 de abril de 2004, día de los inocentes en Francia. Toda una serie de fans de la conpiranoia -los de los chemtrails, los masones, nazis en la Antártida y los ovnis en Área 54- no fueron capaces de ver más allá de sus propias convicciones y se lo tragaron -para mayor regocijo del director de Operación Luna-. Los más despiertos aseguran en foros que el documental va en serio, pero que «lo dicen así para que no les pase nada».



“El club de la lucha” para niños
Hace poco Chuck Palahniuk presentaba un vídeo en el que anunciaba la versión infantil de su conocido libro “El club de la lucha”, con divertidas ilustraciones y un lenguaje típico de los cuentos para niños. Échale un vistazo al tráiler, que no tiene desperdicio alguno de lo conmovedor que es:

Las reacciones de padres y madres fundamentalistas, obtusos y paladines de la educación fue furibunda. Al buen de Chuck le dijeron de todo, menos guapo: inmoral, corruptor, pervertido… Tan furiosos estaban, y tan ocupados echando bilis, que no se dieron cuenta de cómo el  autor se descojonaba con la broma: un video promocional de un libro que no existe. En lo que los protectores padres no cayeron era en la ironía del asunto, en este caso la gracia está en trasladar un contenido polémico al mundo infantil.


“Torbellino de amor”
Parece el título de una canción de desamor, o de una tórrida novela romántica, pero no. Ni de lejos. Un buen día en el Museo Guggenheim de Bilbao, los guías se rebanan los sesos intentando explicar a los visitantes el intríngulis de un nuevo cuadro expuesto, “Torbellino de amor”, de Mike Nedo; según reza el cartel, data de 1978 y su propietario es el Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York, gracias a una donación de la magnate Annika Barbangos.
Horas más tarde se hace público el video de la creación del cuadro, que dura poco más de un minuto. Un colectivo de artistas -Mike Nedo- es el que hace y cuelga esta obra, sin valor alguno, para demostrar que «cualquiera puede ser un gran artista y cualquier cosa puede ser arte si se difunde de forma adecuada». Casi cuatro horas estuvo “Torbellino de amor” con el resto de la colección del museo. Y es entonces cuando la dirección corre a retirarlo de la sala, pero ya es tarde, la denuncia estaba hecha y el impacto siempre quedará allí.
Que roben un cuadro de un museo… bueno, es un tema recurrente, pero que alguien cuelgue uno en un recinto tan importante y vigilado, es algo difícil de olvidar.
Para rematar, un miembro de Mike Nedo -quien oculta la identidad «para eludir posibles represalias»- advierte que llevarán a cabo más acciones de este tipo para desenmascarar el arte moderno.



Ern Malley

McAuley_Stewart
Muchos autores entran en la lista de los poetas malditos; individuos cuya genialidad lírica pasa inadvertida y terminan sus miserables vidas en la ignorancia, alimentando con sus cadáveres a perros y cucarachas. Uno de ellos fue Ernest “Ern” Lalor Malley: emigrado desde Liverpool junto con su madre viuda. Pronto le diagnosticaron la enfermedad de Graves-Basedow, una forma de tiroidismo que se negó a tratar. Había muerto pobre y con el temperamento arruinado por la enfermedad. Su hermana Ethel no supo de la vena poética de Ern hasta su muerte, cuando encontró los versos que remitió a la revista Angry Penguins.
El joven poeta Max Harris, fundador de la revista, se apresuró a sacar un número especial donde hablaba de Ern Malley en estos términos: «Trató la muerte con grandeza y como poesía, al tiempo que soportaba la más aterradora y debilitante tensión que puede afrontar un ser humano». En ese momento comenzaron a escucharse las primeras risas.
Una corriente de poetas observaba el camino que había tomado la poesía vanguardista con una mezcla de sorna e indignación, y el epítome de todo lo que odiaban era Max Harris. Dos de ellos, James McAuley y Harold Stewart, hicieron algo más que criticar; se propusieron darle a Harris una lección que nunca olvidaría.
Crearon un poeta de mentirijillas; lo primero era forjar su obra, aunque fuera un puñado de poemas. Stewart y McAuley se esforzaron por descender a los niveles más escandalosos del disparate: anotar lo primero que les venía a la cabeza, elegir palabras de diccionarios abiertos al azar, escribir frases sin sentido, hacer rimas descabelladas o incluso citar sus propios poemas, convenientemente desfigurados. Hacer todo lo que, según ellos, hacían los poetas vanguardistas, pero con mucho más ahínco. Afirmaron que habían tardado un día -interrumpido por frecuentes carcajadas- en tener preparada una colección de dieciséis poemas a la que pusieron el título de The Darkening Ecliptic.
Mientras Harris se convertía en la burla nacional, McAuley y Stewart declararon: «el señor Max Harris y otros escritores de Angry Penguins representan el surgimiento de una moda literaria que se ha hecho prominente, que vuelve a sus seguidores inmunes al absurdo e incapaces de discriminación. Si el señor Harris hubiera demostrado tener el suficiente criterio para rechazar los poemas, entonces las tornas habrían cambiado».
“El péndulo de Foucault” de Umberto Eco
El argumento de esta novela de Umberto Eco se explica en un párrafo: tres intelectuales snobs llamados Belbo, Casaubon y Diotallevi inventan para divertirse un Plan de los templarios para dominar el mundo. Pero se les va de las manos cuando un erudito hermetista llamado Agliè, presunta encarnación del legendario conde de Saint-Germain, se toma su juego en serio.
¿Más conspiraciones templarias? Horror. Ay, cuánto daño han hecho Dan Brown y los mil imitadores baratos que siguieron su estela. Lo gracioso al leer “El código Da Vinci”  es que piensas: ¿pero esta mierda no es una versión de uno de los capítulos de El Péndulo? Lo es y con razón: toda la teoría sobre María Magdalena, el Santo Grial y el secreto de Rennes-le-Chateau aparece en el capítulo 65 de El Péndulo.  A Eco le encantaba: «¡Dan Brown es un personaje de El Péndulo de Foucault! Yo lo inventé. Comparte las obsesiones de mis personajes ¡Sospecho que ni siquiera existe!». El péndulo de Foucault es  una burla y crítica feroz de las teorías de la conspiración, las supercherías ocultistas y el espiritualismo New Age, pero que trata a los blancos de sus burlas con ternura y un cierto cariño, presentándolas como víctimas desvalidas de algún enorme error universal. O, como dice Casaubon hablando de su estudio sobre los templarios: «hasta el que hace una tesis sobre la sífilis acaba enamorándose de la espiroqueta pálida».

Pierre Brassau
En febrero de 1964 se presentaron cuatro pinturas de un artista desconocido, parte de la avant-garde francesa en una galería de Gotemburgo; sólo hay miradas para la obra del enigmático artista Pierre Brassau.
Todo el que pasa por la muestra queda embelesado contemplando las creaciones del desconocido autor: críticos de arte, periodistas, estudiantes de arte… El reconocido crítico Rolf Anderberg relata de la siguiente forma su paso por la galería: «Mientras que la mayoría de piezas eran pesadas, la obra de Brassau no: pinta con trazos potentes bajo una determinación muy clara. Sus pinceladas se tuercen con una meticulosidad furiosa. Pierre es un artista cuyas piezas se llevan a cabo con la delicadeza de una bailarina de ballet». Y no sólo eso, durante la exposición y antes de revelar la gran broma, uno de los cuadros de Peter se vendió al coleccionista privado Bertil Eklöt por 90 dólares de la época -unos 500 dólares hoy-.
Sólo un crítico dijo con dureza: «Sólo un mono podría haber hecho esto». Lo que no sabía era que estaba en lo cierto. Brassau era un chimpacé. Y su nombre no era Pierre, se llamaba Peter.
Al poco tiempo salió a la luz la realidad: todo fue una invención de Ake Axelsson, un periodista del diario local Goteborgs-Tidningen. Al hombre se le había ocurrido la idea de exhibir el trabajo de un mono en una muestra de arte con el único fin de poner a prueba a los críticos.
 Axelsson se preguntó si serían capaces de distinguir entre arte moderno y el arte de un mono; resultando de su experimento una gran bofetada al mundo del arte.



Juego de tronos, el musical
Hay una premisa básica para fomentar el espectáculo en el circo “hazlo más difícil todavía”: hacer malabares está muy visto; mejor si lo hacemos con fuego; mejor aún si llevamos los ojos vendados; mucho mejor si, además, empapamos gatitos en gasolina y los alternamos con las antorchas en llamas.
Algo parecido sucedió con la noticia sobre un musical basado en Juego de tronos; juntar la fiebre por los musicales, la serie más popular del momento, un grupo de moda y ventas solventes. ¿Qué podría salir mal?
El resultado es la banda Coldplay mostrando los primeros ensayos de este proyecto, contando con el reparto original de la serie que canta unas canciones. Con la excusa del Red Nose Day, un evento caritativo, todos ellos se prestan a hacer el ridículo y tomarse a broma el mundo creado por George RR Martin. La cuestión es despertar el interés por una buena causa: mejorar las condiciones de vida de los menores alrededor del mundo que viven en la miseria y luchar contra la explotación infantil.
Tanto la banda como los actores se entregan totalmente al humor: la Khalessi con el tema Rastafarian Targaryen, la balada romántica sobre el incesto de Jaime Lannister a Cersei y Jon Snow cantando Wildlings a Ygritte. ¿Quién pagaría para ver este desastre llamado Game of thrones: The musical? Nadie en su sano juicio.

El caso Ivan Istochnikov
En Cuarto milenio se desmenuza el caso de «un hombre que la Unión Soviética quiso apartar de la historia de un plumazo». El misterio fue investigado con total seriedad por periodistas profesionales, en esta se muestra una serie de fotos en las que el cosmonauta Ivan Istochnikov aparece y otras iguales en las que se le había borrado. «La pregunta es por qué se le borró, qué había hecho ese hombre, por qué molestaba», pregunta de manera retórica uno de ellos, a lo cual responde: «Estuvo embarcado en una misión que fue un fracaso estrepitoso para la URSS y, lógicamente, eso no se podía dar a conocer»; para silenciar esto se le eliminó de las fotos, su familia fue deportada a Siberia, y sus amigos y colegas, silenciados.
Sí, impresionante y… falso, porque Ivan Istochnikov es tan real como el Pato Donald.
«¡Estoy alucinando! ¡Todo esto me parece muy cómico», declara Joan Fontcuberta, un fotógrafo que juega desde hace años al equívoco y la ambigüedad, y que en 1997 montó una exposición -“Sputnik”– sobre la historia del cosmonauta con recortes de prensa, fotografías, parafernalia espacial y vídeos en la que todo parecía real y todo era falso. La cara del cosmonauta es la del propio Fontcuberta , y hasta su nombre es la traducción al ruso del suyo. El autor no podía más que reír, sumando todo esto a la creación de Cuarto Milenio: «Tiendo trampas destinadas a los crédulos. No esperaba que cayeran en una de hace nueve años unos periodistas profesionales, que se supone, tienen que verificar y contrastar la información».

Podemos observar – a partir de estos ejemplos-  cómo la ironía se usa de manera descarada o encubierta, pero no siempre es visible para todos. Siempre habrá fundamentalistas de la seriedad, tomando todo tan en serio que no entienden el humor, ni la risa. Y eso recuerda, escalofriantemente, a Jorge, el monje asesino de “El nombre de la rosa” que cree que con la risa se pierde el temor a Dios y que por ello, debe matar al que intenta sonreír.
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