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domingo, 3 de abril de 2016

Desperdicio de comida: nutrir el debate en serio


Esta semana los números mostraron que Colombia se comporta de forma similar a economías más desarrolladas, sólo que en un aspecto para nada halagador. En el país, de acuerdo con el Departamento Nacional de Planeación, se pierde o se desperdicia el 34% de la comida. La cifra no dista mucho del 30 a 40 % de alimentos que se pierden en Estados Unidos, por ejemplo. Lo que Colombia bota, más de nueve millones de toneladas al año, es algo así como la décima parte de lo que toda la Unión Europea desperdicia en un lapso igual.

Y pese a que la FAO, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, ha dicho que en los países en desarrollo el desperdicio de comida por decisión irresponsable del consumidor es algo que roza con el absurdo, en Colombia casi la quinta parte de los alimentos se echan a perder por culpa de los comensales o de la falta de previsión de los supermercados. La misma FAO reveló esta semana que la comida que América Latina desperdicia serviría para saciar 37 % del hambre del mundo, que, se calcula, afecta a 800 millones de personas.
Como dijo el DNP, las pérdidas en Colombia se generan en un 60 % sumando la ineficiencia en la cosecha y poscosecha. No todo es culpa del consumidor y lo es en menor medida de la industria. De hecho, esta última echa a perder poco más del 3 %, una cifra que sería mayor sin la acción de instituciones como los bancos de alimentos, que hoy son 19 en el país y recogen unas 20.000 toneladas de comida al año, tanto de la industria –cerca de 700 empresas– como directamente de los productores en el campo.
Cubren 330 municipios y benefician a más de medio millón de personas, de acuerdo con la Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia (Abaco). Pero realmente lo que logran salvar es poco en relación con el consolidado nacional de pérdidas, apenas el 0,2 %, a pesar de los esfuerzos. El Banco de Alimentos de Bogotá, el más grande del país, trabajó en 2015 con más de 2.000 voluntarios y 100 empleados que desde las 7 a.m. empiezan a recibir y despachar en ocho camiones los alimentos que terminan en las mesas de organizaciones que atienden poblaciones vulnerables.
Después de quince años de gestión, ese banco ha logrado una forma de sostenerse: pedir un aporte a las instituciones que reciben los productos que llegan donados equivalente al 10 % del valor comercial de dichos productos. Con el dinero, el mismo banco puede adquirir más alimentos y pagar obligaciones como la nómina. Los recursos que llegan donados, en cambio, se destinan en su totalidad para comprar productos para repartir, según explicó en diálogo con este diario el padre Daniel Saldarriaga, director ejecutivo del Banco de Alimentos de Bogotá.
Lo cierto es que la comunidad internacional, los gobiernos y hasta el sector privado en los países parecen estar tomando conciencia de la gravedad del fenómeno del desperdicio, de cara a una creciente población urbana –casi 10.000 millones de personas en 2050, 70 % viviendo en las ciudades–, mientras la población rural, donde se concentra la producción de alimentos, se reduce. Nacionalmente, de acuerdo con el DANE, la población del campo pasó de siete a cinco millones en casi una década.
La ONU, por ejemplo, prepara el Índice Global de Pérdidas y Desperdicios de Alimentos para que los países cuantifiquen sus pérdidas y logren reducirlas. En Colombia, después de casi 17 años de existencia de los bancos de alimentos, según Ana Catalina Suárez, directora de Abaco, “es la primera vez que de parte del Gobierno existe interés sobre el tema. No había sucedido que éste hablara de pérdida y desperdicio. Se empezó con el diagnóstico”.
El padre Daniel Saldarriaga resaltó medidas como los beneficios tributarios que ha implementado el Gobierno. “Con la reforma se quiso que quienes donen a bancos de alimentos reconocidos tengan el 125 % de beneficio tributario, lo cual es una noticia bondadosa porque demuestra que no es mejor negocio destruir o botar, sino que somos un aliado para que con justicia hagamos llegar esos alimentos a quienes los necesitan”. Para Suárez, sin embargo, aún hay que atender los problemas estructurales del campo.
“Esperamos una mesa de trabajo la próxima semana con el Gobierno para discutir acciones conjuntas. Somos parte de la solución, pero no toda. Si después de todo el esfuerzo de los agricultores, comercializadores, industria, hoteles, consumidores, el consumo no pudo ser, entonces entramos a hacer un rescate del producto”, dice Suárez. Y agrega que el circuito “normal” de la producción y el consumo se debe garantizar con provisión de infraestructura –una carencia culpable de gran cantidad de las pérdidas–, formación de productores e inteligencia de mercado.
En el mundo existen iniciativas como la que documentó El Espectador en 2015, en uno de los encuentros de agricultura más importantes del mundo, en Israel. Se trata de la creación de un centro mundial para la preservación de la comida. Su líder, Charles Wilson, después de un año, aseguró que el proyecto se reforzará con una conferencia en Nairobi, en 2017. Hoy han adherido 20 universidades del mundo, dispuestas a formar científicos de países en desarrollo para que ideen soluciones de empaques, control biológico, entre otros aspectos, para reducir las pérdidas poscosecha.
La idea de la conferencia mundial será atraer gobiernos, industria y académicos que se comprometan con la causa. Si bien compañías como Maersk y Google han anunciado su apoyo, ha sido más lento de lo esperado, dice Wilson, y faltan muchos cheques por firmar. Según él, tomarse en serio la causa depende de reconocer el impacto de la propuesta: un 95 % de inversión en la producción genera 5 % de retorno, mientras que el 5 % de recursos dirigidos a la preservación puede dar retornos anuales del 40 %. En parte, también reconoce, su idea es competencia para muchas otras organizaciones que trabajan en soluciones propias de cara al desperdicio de alimentos.
El sector privado en países como Inglaterra también está tratando de revertir lo que el sistema ha engendrado: industrias, comercio y clientes quisquillosos. Como lo reportó The Guardian esta semana, el movimiento busca motivar el consumo de productos “imperfectos” para atajar los 12 millones de toneladas que desperdician los británicos. Ana Suárez asegura que impregnarnos del movimiento Ugly Food (comida fea) es positivo: aprovechar alimentos raros, pero aptos para el consumo humano, como una zanahoria morada.
El DNP trabaja en sus recomendaciones para cada sector: buenas prácticas en el sector productivo, almacenamiento, cadenas de frío, sumadas a buenas redes de transporte y logística, con estrategias de sensibilización, para los comercializadores. A los consumidores, no comprar más de lo que pueden consumir y mirar las fechas de vencimiento para planear mejor y no tener que botar nada. La directora de Abaco, por su parte, espera que el Gobierno se sume a la redacción de un proyecto de ley que propone sancionar a quienes no tomen conciencia.
En su última edición, la National Geographic, en un reportaje sobre la labor de Tristam Stuart, uno de los mayores promotores de la causa de la comida fea, recomienda, por ejemplo, evitar el uso de bandejas en las cafeterías: quienes las usan, desperdician 32 % más que quienes llevan los platos en la mano. También, usar aplicaciones móviles que generan recordatorios de la fecha de expiración de los alimentos, como FoodKeeper.
En Colombia, 42 % de la población está en situación de inseguridad alimentaria, según Abaco, y de acuerdo con el Instituto Nacional de Salud, 46 niños han muerto por causas asociadas a la desnutrición en lo corrido de 2016. La situación empeora con realidades bochornosas como el presunto fraude en la entrega de refrigerios escolares en Aguachica, Cesar, conocido hace unos días. Dejar de desaprovechar la comida de una forma consciente y efectiva se perfila como un reto tan necesario como complejo.
 
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