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martes, 5 de abril de 2016

Un pastor neonazi, lo que le faltaba al uribismo de Cartagena


Como en los mejores días de las quemas de herejes en la inquisición, un pastor neonazi afiliado al uribismo saltó a la tarima en la patética marcha del sábado 2 de abril, que será recordada en Cartagena como un desfile de gentes sin control, y profirió condenas al infierno contra "los Castro", contra Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Desde abajo frente a la tarima, unos sujetos lucían en sus camisetas un "NO a la restitución de tierras", como buenos representantes de "los úsuga", una banda de asesinos uribistas que atendieron la orientación de su mentor, demostrando quienes son los verdaderos enemigos del pueblo de Cartagena y Bolívar, uno de los departamentos más humillados por el desplazamiento y la pobreza.


Era tal el entusiasmo del uribismo con su pastor que algunos le vaticinaron una exitosa candidatura a la alcaldía de Cartagena para futuros debates electorales.


La marcha del 2 de abril en Cartagena no podía ser un retrato viviente más fiel de la ciudad que hoy está en poder de la corrupción administrativa, de los políticos que carecen de propuestas diferentes a las de sus empresas de compra y venta de votos, de la dramática desorientación en que se debaten pobladores de barrios donde la delincuencia común, el robo, el fleteo y la prostitución infantil, constituyen la única oportunidad que el capitalismo y el neoliberalismo les han dejado como alternativa.


Un billete de 20 mil pesos y un refrigerio, fue la recompensa para los que lograban estirar la mano, entre las señoras de bien que esa mañana decidieron salir a la calle a luchar contra el "castrochavismo", el nuevo término acuñado por la derecha, para tratar de infundir miedo a los nuevos tiempos que corren sobre Latinoamérica, mientras eso ocurría el pastor neonazi alzaba los brazos al cielo y pedía que pronunciaran la palabra "amén"-


A eso se redujo la marcha de los aventajados discípulos de Uribe en Cartagena, uno que otro exalcalde, damas con sombreros y gafas oscuras, militares en retiro, sirvientes y mandaderos de los barrios excluyentes.


Víctimas de la Ley 100 que acabó con el Hospital Universitario de Cartagena y con los últimos vestigios de la salud pública, también se hicieron fotografiar con sus verdugos y desde luego, con su pastor evangélico de cabecera, un episodio que será recordado como la apoteosis del ridículo más estremecedor de los últimos tiempos.
 
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