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domingo, 10 de abril de 2016

Inicia construcción simbólica del Museo Nacional de la Memoria

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Hay un edificio construido en el lote desierto donde se cruzan la calle 26 y la carrera 34 de la ciudad de Bogotá. Allí, en el pastizal que por las noches se llena de basura, cimentado sobre cuatro pilares se erige el Museo Nacional de la Memoria. Su construcción se culminó a las 5:30 de la madrugada del 9 de abril de 2016, el Día Nacional en Conmemoración de las Víctimas del conflicto armado en Colombia.

Los ojos no ven al edificio que el mamo de la comunidad Wiwa, Rafael Chimusquero, levantó con ayuda de todos los presentes en la ceremonia. Los muros allí construidos son espirituales. “Es como cuando vas a construir un edificio y colocas la primera piedra. Lo que hicimos fue poner una primera piedra espiritual. Se sientan las bases sagradas que van a sostener ese sitio de memoria”, explicó José Gregorio Rodríguez, otro de los wiwa presentes en el ritual.
En el limbo entre la noche y el día, cuando aún hay oscuridad pero elalumbrado público comienza a apagarse, se inició el ritual. Serankua, padre de todo y de todos, apareció con la quema de hojas secas de frailejón, que los indígenas recogieron en la Sierra Nevada de Santa Martadespués de dos días enteros de caminata hacia el páramo. Él, quien en español significa “tinieblas y amanecer”, se hizo presente mientras el fuego ardía.
Tres días antes, en la cima de Monserrate, los mamos le pidieron a Serankua su permiso para levantar los muros. La Sierra tiene unas relaciones espirituales con varios sitios de América, explica Antonio Pinto.“Los cerros son los gobernantes espirituales. Son el puente para que le pidamos el permiso a los padres”, le comentó José Gregorio Rodríguez aEl Espectador. Después de cinco horas de conversaciones en silencio, loswiwas obtuvieron el visto bueno de sus padres.
Gil Faracade, líder de los Huitoto que habitan en La Chorrera, en el corazón del Amazonas, habló con su dios, Naainuema, quien oculto a los sentidos, bendijo con la “palabra dulce” el terreno donde los wiwas estaban a punto de comenzar el ritual. “Ha llegado el día de la armonía.Hoy se unen el mar y la tierra. Hoy se unen los hombres de mar y de bosque, y los de la tierra y del espacio. Hoy el mito ancestral se hace realidad”. Su voz se entremezclaba con los trinos de los pájaros y el estruendo de los primeros buses del Sitp.
Después la voz de Rafael Chimusquero salió desde su garganta como una vibración, un resorte chocando contra el aire de manera irregular. El mamo, cuyo nombre wiwa es Awimaku –el líder–, cantó durante unos cuantos minutos. Las quince alabadoras de Pogue (Chocó) no le quitaron la mirada de encima. Los otros presentes, entre quienes estaban el embajador de Suiza, y el director del Centro de Memoria Histórica, Gonzalo Sánchez, también escucharon con la mirada baja.
Luego Awimaku –el líder– habló en su lengua original. Yeismith Armanta, un joven wiwa, tradujo. “A través de distintas formas de violencia, hemos vivido varios procesos en la naturaleza” dijo. Recordó la violencia que acosa a su pueblo desde las épocas de la Conquista. Primero lasprácticas ancestrales y religiosas, después la usurpación del territorio,luego la llegada de los actores armados, todas violencia contra los “hermanos mayores” –como se llaman a sí mismos los wiwa– y contra el territorio mismo.
Entre 2002 y 2003, de acuerdo con el Observatorio del Programa Presidencial para los DDHH y el DIH, los Wiwa fueron víctimas de quema y saqueo de sus viviendas, centros educativos, puestos de salud y tiendas comunitarias, además de asesinatos y desplazamiento forzado. Dice José Rodríguez que: “no nos gusta llorar a las víctimas, tenemos unaconcepción diferente de la vida y la muerte, son partes integrales del ser humano. Nosotros a las víctimas las vemos distinto”.
Por eso, para ellos, la tierra donde se derrama sangre, donde se siembra una mina, donde se dispara un arma, es la primera víctima del conflicto armado. Y por eso la construcción de un lugar de memoria debe comenzar por el saneamiento del espacio. “Para nosotros la memoria es algo vivo, porque vivimos y nos alimentamos de la historia -explica David Gil-. Memoria es sanear ese dolor para que la persona supere el hecho violento, porque pensarlo solo le va a traer perjuicios en la vida”.
– Recordar todo lo malo. Evocar para soltar. En el momento en que se piensa se está soltando lo maligno– concluyó Yeismith Areta, quien invitó a todos los presentes a tomarse de las manos y dejar ir la maldad que han presenciado.
Luego quince mujeres negras, ya con la luz gris de las siete de la mañana, se pusieron de pie. De espaldas a Monserrate, todavía envuelto en niebla, evocaron a sus muertos, los de la Masacre de Bojayá. Invocaron sus ánimas al lugar que esperan sea santo, “de paz y de resistencia”.
–Venimos, venimos de diferentes lugares
A rescatar la cultura, sacramento de unidad
Es el inicio de un relato.
Así terminó la primera parte del ritual. La última, el enterramiento de cuentas de collar wiwa, que instaura de manera definitiva la presencia de Serankua, se llevará a cabo cuando se inaugure el cuerpo físico del Museo Nacional de la Memoria, lo que según Gonzalo Sánchez, director del Centro de Memoria Histórica, ocurrirá en 2018. Por supuesto, los Wiwa regresarán para coronar el edficio que albergará los recuerdos de las víctimas –y de sus luchas– en medio siglo de guerra en Colombia. 


mrubiano@elespectador.com
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